blackstarEsta sección pretende relatar las emociones que nos convergen cuando escuchamos música, cuando descubrimos y nos interpela un artista. Debido a la impronta que aun deja su partida hacia nuevos mundos de David Bowie y aun escuchando su música, su ultimo legado , llega a mis manos una serie de dibujos de Diego Ramos, músico, escritor, andariego y tantas cosas. Además les adjunto un relato que le pedí para acompasar nuestro viaje por los caminos del esoterismo bowienano.

Acto de magia

Al escuchar por primera vez el disco Blackstar de David Bowie, tal fue la sensación de trance gozoso con su potencia sonora y su universo esotérico, que antes que analizarlo técnicamente, necesité dibujar el mundo misterioso donde me llevaba.

Estoy escuchando el hipnótico Blackstar, el tema que da inicio y nombre al último disco de David Bowie. Una bola de sonido crece como hermosa provocación para la mente, un bajo machacante le habla a mi vientre y una voz de poderoso lirismo acaricia el lugar del cuerpo o del alma donde se vive lo poético. Es eso, para hablar Bowie hay que dejarse poseer como en un ritual vudú, bailar con las palabras, rendirse a un trance que interrumpa el sentido con que se mueven o permanecen inmóviles las cosas. Bowie es y será un acto de magia que tiene muchas puertas para ingresar en su compresión, aunque tal vez una sola para vivirlo con totalidad. Eso es, apenas, una entrega absoluta a otros estados de conciencia a los que su voz, sobre todo, como una especie de amuleto sonoro, nos va conduciendo en la gran mayoría de sus discos.

Se ha hablado mucho de lo libertario que trajo su juego con la ambigüedad sexual, sobre todo cuando prácticamente dio forma con su estética a lo que se llamó glam rock, pero aún siendo verdad, hay que tener en cuenta algunos detalles. Y es que el hecho mismo de que esa fase estuviera representada por su personaje Ziggy Stardust, un ser tan impactante por su androginia como por su naturaleza extraterrena, da cuenta de esa habilidad suya por instalar en su obra un universo estético que les escapaba a cualquier descripción apenas como un arte desestabilizador del orden moral occidental judeocristiano. Tampoco su magia puede reducirse a su teatralidad, porque si fuese sólo por su histrionismo, podría comparárselo con artistas como Peter Gabriel, también afecto a las máscaras y los disfraces, esencialmente en su trabajo con Génesis pero Bowie es mucho más que el componente teatral.

Vuelvo a poner el foco en cierto carácter expansor de la conciencia, muy central en su obra, incluso hasta en los 80, donde su super hit Let´s dance le trajo un público masivo que abrió su creación hacia los estadios y le trajo tal vez las críticas más feroces. Fue justamente en esta fase donde supe de David Bowie, imantado por esas canciones que eran mucho más que bailables, porque algo en los sonidos elegidos y sobre todo en la épica forma de cantar, lo ponían en un lugar sumamente diferente al de grupos de moda por entonces, como Durán Durán o Tears for fears. Es que no era sólo cantar en agudos increíbles o con un carácter sumamente expresivo. Te podía ayudar a bailar, pero en su apropiación del sonido funk pop había una operación estética que convertía esas canciones, como diría el gran Caetano Veloso sobre su trabajo en el mismo período de tiempo, una especie de conversación personal con esos géneros. Nunca apenas una renuncia al arte aparentemente serio para convertirse en una repetidora insulsa de sonoridades de moda. Por el contrario, siempre estuvo presente un cierto misterio personal, que hasta en ese presente ultra danzable podía olerse, como signo de una personalidad que ya ha transitado unos cuantos caminos de exploración personal, incluyendo desde una pasión temporal por drogas duras como la cocaína a la investigación en diversas filosofías esotéricas.  Es ese camino del que ha habitado abismos y ha podido salir antes de ser devorado por las fieras que protegen los secretos del lado salvaje, ese que también conoció y al que le cantó su amigo Lou Reed, el que se respira en todo lo que ha grabado Bowie. Y aunque eso no quiere decir que todos sus discos sean disfrutables o trascendentes, hay creadores a los que siempre dan ganas de prestar atención.

En ese sentido, luego de un disco de regreso, The Next day en 2013,  que no había imantado con escucha pasional mi sensorialidad, pero sí habían llamado mi atención sobre la aparición explícita de simbología esotérica en algunos de sus videos, la llegada de Blackstar me atrajo desde días antes de su salida oficial. Fui literalmente capturado por el trance al que invoca el track inicial, desde el momento en que se difundió su clip indudablemente esotérico. De eso ya se ha escrito y se seguirá escribiendo, pero lo que me pasó al tener ya conmigo las siete canciones, un día antes de que se editara oficialmente, fue como revivir mi primer contacto con su música. Tenía ocho años, mis padres me habían regalado un grabador y una caja con cintas de audio, en una selección variadísima que incluía el disco Heroes, una de sus grabaciones claves, para muchos el centro de su viaje más refinado y potente. Con los paisajes más oníricos, cinematográficos, como el tema Neuköln, me iba literalmente de viaje, ingresando a una  dimensión que, más que servir de escape de la realidad, expandía preciosamente los sentidos.

Con la escucha atenta y a la vez relajada de Blackstar, como no me había pasado nuevamente con ningún otro disco suyo a ese nivel, algo hipnótico me llamó con fuerza. Y la mejor manera de hablar con ese impulso sonoro, antes que desplegar la máquina analítica para ver cómo había combinado climas cercanos al free jazz con rítmicas asociables al hip hop menos ortodoxo, fue ponerme a dibujar. Así, de cada canción fue naciendo una imagen, que respondía a lo que sentía con la música en sí antes que alguna asociación directa con las letras. Y fueron las voces, increíblemente procesadas junto a su productor histórico Tony Visconti, las que me causaron un éxtasis inmediato. Fue muy placentero jugar un diálogo libre con esos sonidos. De muchas formas, hacerlo fue también lanzar un link hacia el niño que descubría imágenes increíbles con la música más celebrada de Bowie. Y que hoy sonríe, agradecido de que me siga entregando con pasión a esas músicas con alma viajera que regalan puertas a muchas dimensiones. Y amplifican lo que sabemos de la vida. Y también de la muerte.

Diego Oscar Ramosgirl loves me.pngI can`t gice everything away.pnglazarus.pngtis a pity she was a whore.pngdollar days.png

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